Se fue muy temprano de su casa a la labor y no volvió sino muerto. Lo trajeron como si estuviera dormido, su rostro parecía la de una persona en un sueño profundo y tranquilo, como si soñara una felicidad venidera que ya no tendría. Lo encontraron en el camino a un lado de la cerca, estaba tirado mirando al cielo y recibiendo sobre sí la lluvia. Lo revisaron y no tenía herida alguna ni rastro de sangre. Era joven y sano. Cómo antes no había  doctores nadie sabía la causa de su muerte. Sus pertenecías estaban con él: su morral, su machete, dos billetes de veinte pesos y un collar que le había regalado su novia. Su hermana Antonia dijo que lo había matado un rayo, porque ese día, aunque la lluvia no era mucha, hubo una sinfonía de estruendos y relámpagos que duró todo el día y siguió en la noche como si hubiera fiesta en el cielo.

“Ah cabrona, porque quisiste te lo llevaste, él no quería ir, quería casarse, tener hijos, volverse viejo y morir. Guapo y joven te lo llevaste, ¡ay! cuán apuesto eras hermano querido, pero el rayo se encaprichó contigo y te tomó como joven soltero para hacerte suyo” exclamó Antonia de repente con la mano sobre el cuerpo inerte. “Pero de qué hablas mujer, cómo que el rayo se lo llevó, el dolor te está haciendo hablar tonterías”, le dijo Inés su hermana. Y es que todos saben que, como todo los seres sin exceptuar a los mismos dioses creadores, hay un rayo barón y un rayo femenino. “Mira” le dijo “señalándole la planta del pie del difunto, ¿ves ese pequeño punto?, por esa pequeña hendidura del pie salió el rayo cuando le invadió el cuerpo, mira lo dejó intacto, y solo le dejó ese puntito”. Inés se llevó la mano a la boca y empezaron a salirle las lágrimas, como si en ese instante le cayera el veinte de que su hermano estaba muerto, como si apenas se lo comunicarán, salió al patio de la casa de tejas entre sollozos y gritos: “se lo llevó el rayo” dijo mientras se apoyaba en la pared como si se hubiera quedado sin fuerzas y sin equilibrio, “ay mi hermano, se lo ha llevado el rayo en la flor de la vida, no los ha quitado la deidad”. “Los cuetes, que suenen los cuetes, que lo sepa el pueblo y que lo sepa la flor Juvencio Guerra ha muerto soltero” dijo una voz anciana. Al mismo tiempo que los estruendos de los cuetes acompañaban en el cielo la atronadera de los rayos, las mujeres llenaron de gritos la pequeña casa de lodo.

Desde niño tenías un rostro pícaro, unos grandes ojos y desde esa corta edad de niño se percibía tu nobleza de espíritu. Esperaba la época de lluvia para verte, para que las gotas de mis manos te acariciaran el rostro, rodearan tu nariz, los hoyuelos de tus mejillas, tus labios. Hacía que bebieras mi sabia. Todos los años te vi crecer y cuando llegaste a joven te volviste digno de una deidad. Te veía nadar en el río y me gustó el color de tu piel, tu cuerpo robusto sin llegar al exceso, tus largas piernas. No perdí el tiempo para presentarme a ti en forma humana. Comprendiste desde la primera vez que me presenté ante ti, que no era de este mundo y lleno de los mitos que escuchaste de tus mayores, pensaste que era una de mis sirvientes en la tierra: “eres una bruja que sólo quiere jugar conmigo, tu cuerpo es en verdad un cuerpo viejo y como los panes los vuelves excremento, después de usarme me mostrarás tu verdadero rostro de bruja y te burlaras de mí” me dijiste. Juvencio Guerra excité tu hombría y me tomaste aquel día sobre el pasto en medio de la música del campo. Era tu cuerpo desnudo perfecto, limpio y sin defectos, tu piel suave envolvía un cuerpo no de montañas si no de dunas, mi mano navegó en él como una  barca en un lago quieto. Tu sexo era una vaina prominente y delicada y tu boca la oquedad donde sacié una eterna sed de mil años. Pero eras un humano sencillo, sonreías como si regalaras tu espíritu, yo quería esa bondad y esa sonrisa para mí sola Juvencio. ¿Por qué los hombres prefieren su vida mortal y ordinaria? Desplegué ante ti los poderes del rayo, puse en tu mano la espada celeste, hice que comprendieras el poder de los señores del rayo, te ofrecí la inmortalidad y el ser etéreo. Conmigo no tendrías sed ni hambre y no tendrías nunca el miedo a nada, el cielo entero sería para ti y recibirías conmigo la ofrenda de los mortales. Pero sobre todo me ofrecía completo a ti Juvencio, una diosa entregándose entera a ti, doblando su celeste rodilla para humillarse como joven que apenas descubrió el amor y esta empalagada. Todo lo rechazaste, querías a una mortal, querías casarte, tener hijos, vivir con los tuyos. Tu gran sueño era ¡tener una yunta de bueyes! Extrañarías las fiestas, los convites y las velas, compartir con tus amigos a lado de unas mujeres mundanas llamadas taberneras, ¿para qué embriagarte si ibas a recibir el cielo? Preferiste el amor mundano. ¿Cómo es que una deidad se fija en un ser tan ordinario? Me dije. Me dediqué a aborrecerte y a olvidarte. Pero no se fueron de mí tus ojos, tus labios, tu sonrisa, tu bondad, tu entrega a los demás. No acepté que otros tuvieran para sí tu presencia, que otra se quedara con la tibieza de tu cuerpo. Loca de celos te seguí en el camino y te poseí para siempre.

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Comentario de Ciriaco G el agosto 9, 2013 a las 10:13am

Ahora poco me entero de cuatro muchahos jovenes veinte añeros, en pos del trabajo, del paseo, de la convivencia se lanzaron en en su lancha de motor fuera de borda allá en un lugar que no conosco que le dicen paredon, estaban en plena convivencia cuando de repente se hizo una luz y un rayo se los llevó a otra dimension de los desconocido, continuaron su viaje llenos de juventud.

Buen relato Gerardo Felicidades

Comentario de Oscar Bartolo Ruiz el agosto 13, 2013 a las 2:22am

etnohistorico, felicidades. SLDS

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