Es increíble ver cómo han cambiado las cosas en nuestra querida región istmeña con el paso de los años. Uno de los sectores que ha tenido un gran desarrollo ha sido sin duda alguna el de las comunicaciones y transportes. A lo mejor la perspectiva personal cambia cuando uno crece y se hace adulto, pero hace sólo unas cuantas décadas, viajar por ejemplo de Unión Hidalgo a la ciudad de México era como ir al otro lado del mundo, especialmente si el traslado se realizaba en ferrocarril, aquel añejo sistema de transporte que durante mucho tiempo permitió el movimiento de personas y productos a bajo costo en todo el país, significó asimismo una fuente de trabajo para muchos de nuestros paisanos que obtenían el sustento diario para sus familias laborando orgullosamente para el sistema ferroviario, y por supuesto ocupa ahora un lugar preponderante en nuestros imborrables recuerdos.

Desde el momento mismo en que se estrenó el servicio del tren de carga y de pasajeros en el Istmo de Tehuantepec en la época del dictador Porfirio Díaz, el ferrocarril vino a ocupar un lugar muy importante en la vida de nuestros paisanos zapotecas. A pesar de que para cuando me tocó vivir mi inolvidable infancia en Unión Hidalgo en los años 60’s y mediados de los 70’s el sistema ferroviario mexicano (nacionalizado por Lázaro Cárdenas en la época de los bisabuelos) ya había visto sus mejores tiempos, para muchas personas de esa época el ferrocarril seguía siendo el medio de transporte más conveniente para trasladarse a otros lugares, sobre todo a los vecinos estados de Chiapas y Veracruz, ya que el viaje por autobús resultaba bastante oneroso porque no había buenas carreteras ni suficientes corridas a las ciudades importantes, aunado al hecho de que nosotros los paisanos queremos llevar hasta el puerquito de la abuelita cuando salimos de viaje y eso solamente se podía hacer por tren en aquellos sagrados tiempos.

Los niños de Unión Hidalgo de los 60’s veíamos al tren como un visitante cotidiano que pasaba rugiendo a toda velocidad, rompiendo la quietud del vecindario aledaño a las vías férreas varias veces durante el día. Cuando oíamos que venía el tren, muchos de nosotros salíamos corriendo hasta llegar cerca de las vías donde podíamos observarlo pasar hecho un bólido a unos cuantos metros de nuestras narices, escuchando el terrible estruendo de su paso, sintiendo la tremenda vibración del suelo que producían sus pesadas ruedas al deslizarse sobre los rieles que se hundían por instantes bajo su enorme peso en las uniones de cada tramo de riel, y percibiendo su característico olor a fierro quemado producto de la constante fricción de sus sólidas ruedas contra las gruesas zapatas del freno y contra las vías de acero que formaban esas dos líneas paralelas unidas por infinidad de travesaños de madera y que parecían juntarse en un vértice imaginario en la distancia. De noche, de entre el estrepitoso movimiento de sus pesadas ruedas, brotaba, aparte del característico y punzante chirrido metálico, una lluvia de enceguecedoras chispas rojizo anaranjadas que nos encantaba observar a todos los niños que tuvimos la suerte de vivir cerca de las vías del ferrocarril.

Para nosotros era muy emocionante mirar de cerca el ruidoso paso de aquellos imponentes trenes de carga con sus dos o tres poderosas máquinas a diesel jalando una larga cadena de furgones de color naranja o café rojizo, algunos cerrados, otros abiertos, y algunos otros en forma de enormes jaulas repletas de reses a las cuales sólo se les podían ver los cascos… y sentir el olor. También llevaban enormes carro tanques, unos blancos y otros negros, unos más largos que otros, y en cuyos letreros practicábamos rápidamente las lecciones de lectura de nuestra joven y guapa maestra de primero de primaria cuando finalmente llegamos a la edad escolar. Por supuesto, en ese momento no sabíamos o confundíamos el significado de muchas de las extrañas palabras que venían escritas en los tanques y furgones que iban pasando como en ráfaga ante nuestros fascinados ojos infantiles. Palabras como: “Tara”, “Carga Máxima”, “Zapatas de Acero”, por citar sólo unos ejemplos. Nosotros, como en los chistes de mal gusto sobre el General Charis, gran zapoteca digno de todo nuestro respeto y admiración y quien supo llegar muy alto a pesar de la barrera del idioma, conocíamos a “Tere”, la hija de Na Toña que vendía totopos de casa en casa por las tardes; también conocíamos al correoso anciano “Ta Másimu”, cuya larga vida se prolongó mas allá de los cien años y quien solía contarnos historias y chistes picantes que encolerizaban a la furibunda abuela cuando se enteraba que habíamos ido a escuchar al pícaro viejito; y aunque siempre andábamos descalzos, sabíamos qué eran y para qué servían los zapatos, sobre todo cuando nos espinábamos las plantas de los entonces pequeños pero curtidos pies con los punzantes abrojos que abundaban en los innumerables patios baldíos donde correteábamos libremente, jugando a los encantados o corriendo delante de un casi irrompible papalote elaborado por el abuelo con papel de bolsa de cemento, tiras de penca, hilos de hamaca vieja, girones de trapo viejo y pegamento natural obtenido de aquellas bolitas cristalinas que se daban por racimos en los frondosos árboles de “ulabere” y que a más de uno de nosotros nos encantaba comer a pesar del posible estreñimiento intestinal que podía provocar su ingestión. De todas maneras no le dábamos demasiada importancia al significado de lo que venía escrito sobre los tanques y vagones del ferrocarril. Lo importante era saber leer los letreros y contar el número de furgones de los extensos trenes de carga en plena carrera, en un juego que fue haciéndose un tanto aburrido conforme fuimos creciendo.

Desde nuestra más tierna edad pudimos darnos cuenta de que el tren también transportaba personas, aunque recuerdo que éstas siempre iban dentro de unos enormes vagones de color azul grisáceo, sentados en los asientos, asomando la cara sonriente por la ventanilla, a veces comiendo algo y a veces diciendo “adiós” con la mano, y por supuesto, habiendo previamente pagado su boleto a diferentes destinos donde se detenía el tren, a diferencia de los esporádicos trenes cargueros de ahora que se dirigen al norte y en los cuales se pueden ver centenares de personas de aspecto desaliñado sufriendo estoicamente las inclemencias del tiempo al ir sentadas sobre el techo de los furgones, paradas dentro de las góndolas, o colgadas peligrosamente de los carro tanques, teniendo en mente un solo destino común: El sueño americano, que desafortunadamente para algunos muchas veces se convierte en horrible pesadilla mexicana. En ese sentido tal pareciera que el sistema ferroviario, ya no tan mexicano pero que opera en México, fuera corriendo para atrás. De todas formas hay que entender la difícil situación de esos pobres desventurados porque todos los seres humanos tenemos el derecho a buscar un mejor destino en esta vida tan breve e incierta pero al mismo tiempo tan llena de aventuras, que es lo que precisamente la hace digna de ser vivida a plenitud.

A pesar del tiempo transcurrido, me parece estar escuchando aún los cuatro poderosos silbatazos obligatorios del tren al acercarse a la periferia del pueblo para pedirle el paso libre al jefe de estación, quien al escucharlos accionaba una palanca de fierro de gran tamaño que sobresalía del piso a un lado de su escritorio y que bajaba mediante un delgado cable de acero, una bandera con focos rojos que el propio jefe había alzado al iniciar sus labores y que estaba colocada como un travesaño metálico en la parte superior de una elevada asta situada en el exterior, que por su altura se podía ver a varios kilómetros de distancia. El objetivo era indicarle al maquinista del tren que no había por qué detenerse a recibir órdenes. El susodicho hacía vibrar entonces el ensordecedor silbato del tren en otras dos ocasiones cuando el convoy ya estaba entrando en el pueblo para confirmar que había visto bajar la bandera, provocando con ello una prolongada ola de ladridos y lastimeros aullidos de los numerosos perros que vivían en el vecindario cercano a las vías. Si era necesario que el tren se detuviera para recibir algún mensaje escrito o para que se metiera a las vías secundarias donde tenía que esperar el paso de otro convoy que venía en sentido contrario, el jefe de estación no bajaba la bandera y el conductor detenía la marcha de la pesada hilera de furgones entre una nube de polvo y el agudo tintineo de una campanilla colocada justo debajo de la nariz de la locomotora, no sin antes haber tocado otros cuatro largos y potentes silbatazos que volvían locos a los famélicos perros de casi todo el pueblo que en ese tiempo no había crecido tanto.  

Recuerdo que había un tren pasajero que salía de Ixtepec con destino a Tapachula Chiapas y que pasaba por Unión Hidalgo a las siete y media de  la mañana, hora del desayuno entre los paisanos. Al principio algunas emprendedoras amas de casa de Unión llegaban a venderles comida preparada a los pasajeros, mientras el tren estaba detenido en la estación. Todo mundo se ponía a desayunar y hasta el gordito maquinista se bajaba a comprar sus chiles rellenos, sus pites de elote con queso y crema, sus tamales de carne de res o de puerco, sus frijoles refritos, sus plátanos fritos, sin faltar los panes y el café caliente, o el arroz con leche, entre otras delicias de la comida istmeña que aquellas afanosas señoras llegaban a ofrecer. Poco a poco las ventas fueron creciendo y ya no se dirigían solamente a los anhelantes pasajeros del tren sino a toda la población en general. Con el tiempo, más y más gente llegaba en las mañanas a la estación del ferrocarril a comprar comida, por lo que un día las industriosas vendedoras decidieron establecer a un lado de las vías del ferrocarril muchos puestos de comida, preparada y sin preparar, como carne fresca, pescado fresco, verduras, y otros productos, a tal grado que hoy en día, a pesar de que ya hace mucho tiempo que dejaron de circular los trenes de pasajeros, Unión Hidalgo tiene su mercadito de la estación del ferrocarril que todas las mañanas cobra vida en un inusitado bullicio que no parece extrañar para nada la alborotadora presencia de aquel tren mañanero que le dio origen.       

Había otro tren de pasajeros procedente de Tapachula Chiapas que pasaba por Unión Hidalgo por las tardes. En este tren, además de otras mercancías, llegaba el queso fresco de Mapastepec, de Pijijiapan, de Tres Picos, de  Tonalá, y de muchos otros lugares de Chiapas. Los quesos venían en atados de pequeñas cajas cuadradas de madera, todavía chorreando el blancuzco suero que el queso recién elaborado produce, con ese olor característico del queso fresco que todo buen istmeño lleva impregnado en la mente donde quiera que vaya. Todas las tardes llegaban a la estación del ferrocarril varios señores ya maduros a ayudar a bajar los quesos, los canastos de pescado oreado, los atados de hojas de plátano, y a subir los costales de cinta o de maíz, además de otros bultos y uno que otro puerco en el furgón de carga o exprés del tren. Esos señores solían contar anécdotas sobre la vida del pueblo, entreteniendo con su amena plática a las personas que esperaban al tren pasajero del atardecer. Los curiosos chamacos nos sentábamos a escuchar en silencio aquellas interesantes anécdotas acaecidas mucho antes de que naciéramos, como la de un señor que ya estando ebrio no pudo subir corriendo al tren que ya iniciaba su marcha y que cayó a las vías donde las ruedas de acero le amputaron salvajemente ambas piernas, muriendo casi al instante, o la de aquel otro señor a quien en una tempestuosa noche del mes de mayo asesinaron a machetazos enfrente de la estación sólo porque acostumbraba meterse con algunas de las señoras casadas del pueblo. Historias bastante comunes en los pueblos del Istmo en aquel tiempo; ustedes saben.

Durante la noche pasaban por Unión otros dos trenes de pasajeros. El que iba a Tapachula, procedente de Veracruz, que llegaba poco antes de la media noche; y el que venía de Tapachula con destino a la ciudad de Veracruz, que pasaba un poco después. Estos trenes sólo se detenían en las poblaciones importantes, y como pasaban de noche por el pueblo, no dejaron mayores recuerdos, excepto quizá las siempre tristes despedidas para aquellos que les tocó irse en el tren nocturno en medio de la obscuridad de alguna noche cuando, acompañados por las lágrimas de sus afligidas progenitoras y el imponente estruendo del tren, dejaron por primera vez el hermoso poblado que los vio nacer y crecer para buscarse un mejor porvenir en algún lugar lejano y del cual con el tiempo ya sólo regresarían como visitantes a su pueblo natal.

No me acuerdo haber salido muchas veces de Unión Hidalgo durante mi niñez. Recuerdo que hasta mi adolescencia, sólo había ido a Juchitán en un par de ocasiones. La primera cuando a mis doce años me llevaron a tomar la foto obligatoria para el certificado de sexto año de la primaria que con enorme alegría estaba yo terminando en un lluvioso verano de 1972. Ese viaje a Juchitán fue en un destartalado y enclenque autobús que iba dando tumbos por todo el camino lleno de baches, y que por supuesto no se podía comparar para nada con el poderoso tren en el que yo quería viajar. Ese viaje no tuvo mayor repercusión porque iba conmigo mi hermana mayor que no me dejaba alejarme mucho de ella por aquello de que andábamos en un lugar desconocido y me podría perder... La segunda fue cuando en una calurosa tarde, un par de años después, me subí al tren pasajero procedente de Tapachula y ya no pude bajar saltando del tren en movimiento cuando éste empezaba su fatigada marcha hacia Juchitán antes de que tomara demasiada velocidad, tal y como lo habíamos venido practicando por un tiempo varios de mis amigos adolescentes y yo, como parte de un emocionante juego en el cual tratábamos de emular a aquellos orgullosos garroteros ferrocarrileros de esa época, que bajaban de un salto de los trenes de carga en plena carrera para recibir rápidamente de manos del jefe de estación, quien ya los esperaba en el andén, una orden o mensaje escrito para el conductor, enviado mediante el sistema de telégrafos del ferrocarril por el despachador de trenes cuya oficina se encontraba en Tonalá. Boquiabiertos, los chamacos aquellos veíamos con gran admiración la forma en que, una vez recibida la copia hecha con papel carbón del mensaje tecleado en una de aquellas antiguas máquinas de escribir fabricadas totalmente de fierro, el osado garrotero volvía a trepar de un salto a la escalerilla de uno de los furgones del tren, que apenas si había aminorado un poco su fragorosa carrera, para luego encaramarse ágilmente al techo del vagón y caminar como un experto equilibrista por una angosta parrilla metálica, saltando con la agilidad de un felino los peligrosos espacios que separaban cada uno de los innumerables furgones de carga hasta llegar a la poderosa locomotora para entregarle el mensaje al esforzado maquinista, mientras la rugiente máquina iba lanzando al cielo azul de esa hermosa campiña de la república mexicana unas enormes columnas de humo negro que se podían distinguir a gran distancia y que denotaban el tremendo esfuerzo que iba realizando el gigantesco monstruo de acero para arrastrar su pesada carga en su frenética desesperación por ir devorando más y más kilómetros de vía.  

La razón por la que nunca pude saltar esa tarde del tren en movimiento fue porque justo antes de pegar el salto hacia el suelo al estilo garrotero, dejando colgar primero la pierna derecha por unos instantes hasta tener el pie casi rozando el suelo mientras me sujetaba firmemente con la mano izquierda del barandal empotrado a un lado de la puerta, manteniendo el brazo derecho extendido por los aires, estando parado solamente con el pie izquierdo sobre el escalón más bajo de la escalerilla de subida al vagón, y preparándome para saltar y echarme a correr a todo lo que daban mis delgadas piernas de adolescente en la misma dirección en la que iba corriendo el enorme gusano de acero, tratando de alejarme lo más posible de él para evitar que la corriente de aire que generaba su vigorosa carrera me jalara hacia las vías, vi con horror que las pesadas ruedas del ferrocarril venían despedazando el cuerpo de una enorme cochina negra, que en su intento por cruzar las vías de acero y ganarle el paso al tren, había sido atrapada por las ruedas de la temible locomotora. La impactante escena me dejó paralizado por unos instantes porque al ver los pelos negros de aquellos pedazos de carne desgarrada que iban quedando sobre el duro suelo enseguida pensé que se  trataba del cuerpo de alguien, y para cuando vine a salir de mi estupor después de darme cuenta de mi equivocación, el tren ya estaba llegando a toda velocidad a las afueras del pueblo y ya era prácticamente imposible saltar de él como lo solíamos hacer mis amigos y yo.

Temblando de emoción, con el corazón a punto de explotarme en el pecho y agarrándome con veinte mil uñas del barandal de la puerta, subí lenta y cuidadosamente al interior del vagón. Para disimular un poco la situación, me fui a sentar junto a una anciana de enaguas y de aspecto amigable que venía comiendo un tamal de elote del cual acepté un buen pedazo que ella gentilmente me ofreció al notar que yo me le había quedado mirando fijamente mientras ella saboreaba con lentitud el tamal con su boca desdentada en aquel vagón que para ese momento se había inundado con un fétido olor a tripas y carne fresca de cerdo. De pronto vi que por el pasillo del vagón contiguo venía pidiendo los boletos el auditor del tren, en su característico uniforme azul y con gorrita tipo gendarme de pueblo, lo cual me hizo saltar de golpe de mi asiento para salir corriendo rápidamente a esconderme al baño del vagón ante el asombro de la venerable anciana quien probablemente pensó en ese momento que el pedazo de tamal que me había convidado había afectado a mi sensible estómago demasiado pronto. Durante un buen rato me mantuve en el oloroso baño del vagón hasta que el tren disminuyó su ruidosa marcha para detenerse en medio de estridentes chirridos metálicos y ladridos de perros en la estación de Juchitán, donde se bajaron casi todos los pasajeros ya que ese tren tenía como destino final la próxima estación de Ixtepec.

En cuanto el tren se detuvo me bajé de él para mirar a mi alrededor. Al notar que la vetusta estación de Juchitán era idéntica a la de Unión, pensé que ese lugar no sería muy interesante como para andar curioseando por ahí, así que decidí regresar caminando de inmediato a Unión en un recorrido de más de 20 kilómetros que me parecieron larguísimos, aun cuando en mi creciente preocupación por llegar a casa y mi infantil temor de encontrarme con un aparecido en la obscuridad, de los muchos que el tren había arrollado en el pasado, corría por ratos procurando pisar cada tercer durmiente de las vías del ferrocarril para evitar aplastar con mis pies descalzos el balastro que recubre las vías. El sol se ocultó a mis espaldas apenas dejé atrás las últimas casas de Juchitán, y para cuando llegué a Unión, completamente agotado, hambriento y con varias ampollas en la planta de los pies, ya era muy entrada la noche. Pensaba entrar sigilosamente a la casa sin decirle nada a nadie sobre mi primer viaje en tren a Juchitán, pero mi abuela ya me estaba esperando con el chicote preparado. Al parecer mis indiscretos amigos habían ido a notificarles a mis familiares que me había ido en el tren vistiendo solamente con un pantalón de piernas recortadas que apenas me llegaban a las rodillas, descalzo y sin camisa. Ese día recibí unos buenos azotes, según mi abuela para que se me quitara lo torpe, ya que ella consideraba que todavía no había llegado para mí el momento de emigrar, lo cual sin falta sucedió unos años después. Imagino que desde el cielo ahora sonríe meneando la cabeza pero complacida al ver hasta dónde ha podido llegar su nieto preferido.

Indudablemente el ferrocarril dejó un buen puñado de gratos recuerdos en la mente de todos los que crecimos en los pueblos por donde pasaba y tuvimos contacto con él; recuerdos que vale la pena desempolvar y compartir de vez en cuando para volver a vivir aquellos tiempos que, a diferencia de las obscuras golondrinas de Bécquer, vuelven brillando intensamente cada vez que nosotros así lo queramos porque forman parte de nuestra compartida existencia.

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Comentario de Tomás López Chiñas el marzo 19, 2012 a las 11:55am

Paisanos, redacto y comparto con cariño este humilde relato con todos ustedes en memoria de mi inolvidable padre, el señor Eleuterio López Marín, el viejo, quien supo ser un padre ejemplar y que fue un orgulloso ferrocarrilero, al igual que muchos de nuestros paisanos que trabajaron para el sistema ferroviario hasta su jubilación.  Desafortunadamente y por azares de la vida, no pude estar a su lado en los últimos meses de su existencia y en su deceso acaecido en el 2007 a sus 93 años de edad, cuando tengo entendido que los paisanos lo acompañaron hasta su última morada al compás de la tonada de la rielera. Sin embargo, su recuerdo persistirá en mi ser hasta el día en que el Creador decida reunirnos nuevamente. Espero que mi contribución sea del agrado de todos ustedes y como siempre, reciban un cordial saludo y un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

Comentario de Xhuncu Istmeño Oaxaqueño el marzo 19, 2012 a las 1:45pm

Paisano... interesante relato de igual forma recuerdo el ferrocarril del Puerto de Salina Cruz-Coatzacoalcos cuantas avenrturas pase viajando a la cd Ixtepec para ir al Ojo de agua de Tlacotepec o la Ollaga.... algunas veces hasta Nizanda o  la Mata a sus aguas termales.... y de la nada desaperecio esta aventura que disfrutaba cuando niño.....

Comentario de Máximo Saynes López el marzo 19, 2012 a las 3:19pm

Muy bonitos recuerdos me trae tu relato Tomás. El ferrocaril, sus vías en las corríamos para ver quien llegaba mas lejos sin caer de ella, pasar la estación del ferrocarril en Juchitán siempre para mi era muy bonito  ver a la gente esperando el tren. cada quien con sus bultos o la carga para el ferrocarril. También como dices ver a los cargadores recibir los quesos oreados en sus respectivas cajas, el queso de Pijijiapan (quesu mantequia), etc., Gracias por conpartir tu vivencia  con el cual me identifico también.  

Comentario de Jose Luis Vasquez de la Cruz el marzo 19, 2012 a las 4:14pm

Querido paisano, hay veces que los recuerdos retornan a mi ser  como  la música que reconforta mi alma solitaria, esta descripción tuya, son un merecido homenaje a todos los ferrocarrileros de Unión hidalgo, de los primeros como es el caso de nuestros abuelos, y de los últimos que todavía platican sus anécdotas, tal vez recuerdes la emoción de aventurarse a cruzar  el puente junto al rio del Espíritu Santo, a la llegada del pueblo, con el sonido del  tren tras tus espaldas, con cuanta emoción contábamos los vagones hasta llegar al ultimo, muchas veces realice el viaje de Juchitán a Unión Hidalgo en ese tren mañanero de las 7, fue en tren donde tuve la dicha de conocer los famosos dulces garapiñados de cacahuates, que disfrutaba mirando la cruzar las Salineras abandonadas, en donde hoy es el estero, y mi imaginación corría al par que el  coloso tren, me imaginaba al gran Don Porfirio Díaz en su tren Presidencial  dando su dos famosos brincos , la primera llegando al chalet y la segunda en casa de Doña Juana, la casa de mis padres queda a tres cuadras de la estación, en aquellos años, mi padre me platicaba que formaron un gran equipo de pelota (beisbol)  cuyo nombre fue “Empanada” nombre que adquirieron por que varias de las mamas de ellos vendían las sabrosas empanadas de la estación, también me fascinaba el nombre del tren  del atardecer , al que le pusieron el nombre de “mixtu”.

Gracias mil por la manera en que la platicas.

Comentario de Azael Gutiérrez Ruiz el marzo 19, 2012 a las 5:07pm

Hola Primo. Es posible que no te acuerdes de mi, pero te felicito por la forma en que haces el relato de tus vivencias en nuestro pueblo. Yo soy hijo de la Maestra Ene, hija de Na' Juana y Ta' Sario "Xabandxila" radico en Tapachula, con quienes màs convivì fueron tus hermanas y Fernando quien, por cierto, fuè mi alumno en la Normal. Saludos cordiales, y no dejes de hacer tus relatos.

Comentario de Freddy Calleja Santiago el marzo 19, 2012 a las 5:34pm

Sin duda bellos recuerdos del entrañable Union Hidalgo, se alimenta el espiritu y se aviva el corazon con estos bellos recuerdos, un fraternal abrazo mi querido Tomi

Comentario de Tomás Matus Orozco el marzo 19, 2012 a las 7:05pm

Excelente relato paisano..Excelente.

Saludos fraternos

Comentario de Teodoro Toledo Fuentes el marzo 19, 2012 a las 11:11pm

Hola paisano Tomás; 

Excelente relato que me hizo revivir los momentos inovidables de mi niñez, en Unión Hidalgo vivía un  viejito Ferrocarilero Jubilado "Taa Panchu Patru"  se la pasaba chupando la botella de cuartito de mezcal que le "daban" "Taa´Juan Delaida" o a "Taá Gorio Lipa" nosotros veíamos cómo llegaba el día de la quincena "Táa Panchu Patru" andaba en juicio para ir a cobrar su pensión con la llegada del tren.

Un día le pregunté a mi papá (qepd) porqué no le cobraban a  "Taá Panchu" el mezcal que le daban para seguir tomando, me dijo mi papá fijate en el día de pago de los ferrocarrileros Naá Patrucinia su esposa llega a  pagar lo que consumía en "trago" a los expendedores de mezcal, porque el señor es Ferrocarrilero Jubilado, y le pregunté qué era eso de Jubilado y me dijo que ese señor había trabajado más de 30 años como Ferrocarrilero, por eso le paga el gobierno por los años de servicio.

Nosotros de niños llegábamos a poner las corcholatas o fichas de refrescos para que las aplastara y las utilizáramos para el juego de "dzumbaa".

Además me da más alegría porque veo que te escribieron dos grandes amigos de mi infancia,  Azael Gutiérrez Ruíz nieto del militar Taá Sario  Xabandxila  (al que le decían los nietos despues de los sagrados alimentos "Gracias a Dios Abuelito" y el les contestaba "Qué gracias  a Dios ni qué nada,, es Gracias a Gobierno".

Fuimos vecinos de ese rumbo nosotros vivíamos en la casa de mi abuelito Celestino Fuentes,contraesquina de "Taá Juan Delaida" después en 1969 nos cambiamos a vivir en la que es casa de mis padres por la casa de Roy Luis, a ahí conocí a Freddy Calleja Santiago y a toda su bonita y respetada Familia, éramos vecinos Freddy mi hermano Cutberto y yo  hicimos hamacas en mi casa  porque yo tenía un tallercito de hamacas. (No es difícil hacerlas lo difícil era venderlas) ja ja ja.

Gracias Paisano  Tomás, Saludos para todos los Zapotecos en especial para Azael y para Freddy..

Comentario de Freddy Calleja Santiago el marzo 20, 2012 a las 7:52am

Teodoro, me siento muy feliz de encontrarme por este medio a personas tan queridas como tu sin ofender a los otros amigos tambien, claro que me acuerdo de las épocas felices que nos la pasabamos haciendo hamacas, tu fuiste el que me inicio en ese arte de tejerlas, pues resulta que para que no anduviera de ocioso por ahi me dice que madre (qepd) vamos con lo hijos de Na chona para que te enseñes algun oficio eso de tejer hamacas me parece util, asi que ahi aprendimos los principios de ese noble arte de tejer hamacas, saludos Teodoro desde donde te encuentres 

Comentario de Tomás López Chiñas el marzo 20, 2012 a las 10:24am

Gracias a todos.

Xhuncu Istmeño: disculpa si por falta de espacio ya no mencioné en mi escrito al legendario tren a que te refieres en el cual muchas veces viajé de Ixtepec a Coatzacoalcos. Gracias por comentar.

Máximo Saynes: Gracias por tus palabras. En Coatza hice amistad con el Ing. Rodrigo Sosaya Zaynes, pero perdí contacto con él desde que se jubiló de Pemex. ¿Son parientes? Si es así y te puedes comunicar con él dale un saludo cordial de mi parte, y dile que soy el maestro de inglés de su hijo; el paisano que trabajaba en Harmon Hall.

José Luis Vásquez: He leído tus escritos y la verdad son muy buenos, mi hermano. Gracias por tus palabras.

Ni que decir de tus escritos, Tomás Matus Orozco: periodismo puro. Espero te sean de utilidad estos datos sobre el maestro Alfonso: Alfonso era el último o penúltimo hijo del señor Miguel López Pisa y de la señora Higinia Marín. Sus hermanos eran, de mayor a menor: Víctor, Mario, Galdino y Taurino, quien es el único que sobrevive de todos ellos. Todos vivieron una larga vida, como su progenitora, Na Ginia,  a quien todavía alcancé a ver caminando a sus casi 100 años de edad. A Ta Miguel ya no lo conocí. No tengo información si tuvieron alguna hermana. Gracias.  

Freddy: un verdadero gusto encontrarnos de nuevo aunque sea por este medio, después de más de 36 años que no nos vemos. Un saludo y espero volver a vernos en persona para recordar las diabluras que hacíamos en la secundaria.

Teodoro: Gracias por tus palabras. Recuerdo que una vez mi abuelita me dijo que fuera a correr a unos supuestos  borrachos que estaban sentados detrás de la casa platicando a gritos, risas y carcajadas batientes. Cuando llegué descubrí que era un solitario borrachín que hablaba y se contestaba a sí mismo entre risas y discusiones: Era Ta Panchu Patru.   

Azael: Primo, siempre he sabido que tengo un primo llamado Azael, aunque no me acuerdo bien de tus facciones en este momento. Me parece que te vi en un par de ocasiones allá por 1970. Alcancé a conocer a tu abuelita Na Juana, hermana de mi abuela Gullerma, a quien ya no llegué a conocer porque falleció 3 años antes de que yo viera la luz. Efectivamente, fueron Norma, Lidia y Nando los que pasaron más tiempo con las tías en Chiapas. Un abrazo para ti y para toda tu familia, primo.     

Narcia: Gracias por tu comentario en mi perfil. La verdad no tengo a la mano ninguna foto de la estación de Unión Hidalgo, pero la foto que colocaste de la estación de Juchitán, además de hermosa, hace recordar a todos los paisanos de Juchitán los tiempos vividos en su pueblo natal, que es el mismo objetivo de mi un poco extenso escrito.   

 

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