Después de 25 años de vivir alejado de mi tierra natal, el Istmo de Tehuantepec, tuve la oportunidad de regresar a esta región zapoteca a principios del año 2000 cuando, gracias a mis modestos conocimientos del idioma inglés, me ofrecieron un trabajo en la refinería de Salina Cruz, Oaxaca, apoyando a los ingenieros de Pemex con lecciones de inglés, en la traducción de documentos técnicos, y sirviendo como intérprete y asistente a los ingenieros extranjeros que llegan de vez en cuando a la refinería a supervisar las periódicas reparaciones de los costosos equipos de refinación, que en su mayoría son de manufactura estadounidense, inglesa o japonesa, y que para su reparación y mantenimiento requieren de la supervisión directa de un técnico enviado por el fabricante, con todos los gastos a cargo de Pemex, por supuesto.

Con todo el entusiasmo del mundo, durante seis años desarrollé esas labores, portando con orgullo el uniforme de trabajo de color café del personal petrolero. De esa manera pude adquirir algunos conocimientos básicos sobre la refinación petrolera, proceso que transforma el petróleo crudo en gasolina, diesel y otros combustibles que hasta este momento siguen siendo los pilares para el desarrollo del país, y al mismo tiempo tuve la oportunidad de conocer y hacer amistad con muchos ingenieros y trabajadores de la refinería, entre los cuales se encuentran numerosos paisanos zapotecas, teniendo además el gusto de tratar con técnicos japoneses, ingleses y norteamericanos que llegaron a la refinería en ese periodo.

Recuerdo que a finales de abril del 2000 llegó a la refinería un joven ingeniero gringo de tipo caucásico: Blanco, rubio, de ojos azules, alto, y con cuerpo de atleta; de esos que las prejuiciadas telenovelas mexicanas presentan como el ideal del atractivo masculino, sin tomar en cuenta que la belleza física depende de los ojos con que se mira, y que nosotros, los morenos y bajitos, también tenemos nuestro encanto varonil, sobre todo entre nuestras hermosas paisanas zapotecas que prefieren el consumo local.

Este joven ingeniero, cuyo objetivo era supervisar el cambio del núcleo de un enorme intercambiador de calor localizado en una de las plantas de destilación de la refinería y que estaba presentando algunas fallas operativas por el constante servicio que había estado prestando durante muchos años, era originario de Montana, estado que se localiza en la parte norte de los Estados Unidos, región donde los inviernos son muy gélidos y los campos permanecen cubiertos de una gruesa capa de nieve durante varios meses, y el agua de los ríos, lagos y charcos se transforma en un duro y grueso témpano de hielo sobre cuya superficie se pueden observar soberbios venados, hermosos gansos y uno que otro oso peludo caminando tranquilamente a plena luz del día sin que nadie los moleste para nada, gracias a las leyes de protección de la fauna silvestre que han establecido en esos lugares y que muchos quisiéramos que se implementaran y se respetaran también en nuestro México lindo y querido.

Howard, como se llamaba el gringo, no sabía hablar el idioma español y desde el momento mismo de su descenso del avión comercial que lo depositó en el aeropuerto de Huatulco una mañana de ese mes de abril, me encargaron la tarea de apoyarlo en todo lo necesario para que se sintiera como en su casa. Después de solucionarle los detalles como rentarle un buen carro, hospedarlo en uno de los mejores hoteles de la región del Istmo y de indicarle los mejores restaurantes donde podía saborear las deliciosas comidas de la zona, pasamos los siguientes días en juntas y reuniones con los jefes de la planta y con los ingenieros de la empresa constructora encargada de las reparaciones, que al parecer iban a durar varias semanas.  

Durante nuestras conversaciones informales, Howard, quien para mi buena suerte resultó ser una persona agradable y sencilla, me comentó que aparte de la carrera de Ingeniería Química, había estudiado algo de Antropología y que sentía un profundo interés por las costumbres de las sociedades antiguas que habían sobrevivido al embate de la vida moderna, dirigida hoy en día por enormes consorcios transnacionales, que en su avaricia por transformarlo todo rápidamente en ganancias y en dinero contante y sonante, van destruyendo despiadadamente el medio ambiente junto con lo último que queda de las primeras civilizaciones que poblaron nuestro aún hermoso planeta. Me comentó que había estado de vacaciones en países exóticos como Australia y Brasil, donde aún existen tribus un tanto primitivas, y de los cuales me mostró algunas magníficas fotografías de imponentes escenarios selváticos, y de hombres, mujeres y niños en su hábitat natural.  Por un instante me llegó a la mente la imagen de algunos de mis más entrañables amigos de la infancia. 

Como todo orgulloso descendiente de los antiguos zapotecas, aproveché el momento para platicarle de la extraordinaria grandeza de esta gran cultura prehispánica, de la tenaz sobrevivencia de su armoniosa lengua y muchas de sus coloridas costumbres ante el ataque y la invasión de la cultura española, explicándole además que en la región del Istmo de Tehuantepec todavía quedaban muchos vestigios de mis nobles y combativos ancestros, lo cual enseguida le interesó a más no poder. Después de un rato de platicar sobre tan interesante tema, quedamos en que ese mismo fin de semana iríamos a recorrer algunos lugares típicos de la zona para que él pudiera apreciar de primera mano estas fascinantes costumbres y tradiciones zapotecas. Para ello Howard contaba con una costosa cámara fotográfica, de ésas que se cuelgan al cuello y permiten filmar películas o videos, captando con claridad hasta los más mínimos detalles de la escena.

Había yo pensado llevarlo primero a recorrer el centro de la ciudad de Juchitán, específicamente al mercado central donde las raíces zapotecas se pueden apreciar con mayor claridad en los puestos de comida típica de la región como los guisos de iguana, huevos de tortuga, pites de elote, tamales de carne de res, de puerco, o de pollo envueltos con hoja de plátano u hojas de mazorca de maíz, camarón fresco o seco, chiles rellenos y queso fresco u oreado, sin faltar los ricos y distintivos dulces y demás delicias que se expenden en ese enorme mercado central de Juchitán. Podía entonces imaginarme al gringo tomando fotos a diestra y siniestra a las sonrientes paisanas que atendían los puestos, muchas de ellas portando los trajes típicos de la región.

Desafortunadamente, y cumpliendo fielmente con una de las tradiciones mexicanas más respetadas, ese domingo llegué un poco tarde al hotel donde se hospedaba el gringo y decidí llevarlo primero a conocer el centro de Salina Cruz, específicamente al mercado central, que quedaba no muy lejos de su hotel. Mi intención era que el estadounidense observara de cerca la forma especial en que nuestras rechonchas paisanas desarrollan el comercio en los mercados istmeños. Quería que él apreciara cómo se daba el trato entre la vendedora y su posible cliente, esa relación directa y amistosa, con una enorme carga de calor humano que hace que ambas partes se sumerjan por unos instantes en un mundo propio donde reinan los regateos, los comentarios sobre los últimos acontecimientos familiares, las risas cristalinas y los chismes sobre los amigos y conocidos, acompañados por los musicales gritos de las otras vendedoras al ofrecer sus productos. Todo esto por supuesto con la finalidad de que el gringo notara la enorme diferencia que existe entre el comercio realizado en estos mercados y el típico sistema de las enormes tiendas de auto servicio gringo donde el cliente es un individuo más del montón que va empujando y llenando lentamente un carrito metálico de compras, sintiéndose como una desolada isla solitaria en medio de un mar de silenciosos compradores que no parecen percatarse de su presencia, rodeado de fríos estantes y anaqueles repletos de infinidad de productos con precios fijos estampados sobre una etiqueta que requiere ser leída con cuidado, con cajeros automáticos e indiferentes empleados de una gigantesca tienda que al parecer sólo se interesan en dar por terminado su turno de trabajo de ese día para irse corriendo a la casa a ver televisión.   

Se suponía que yo iba a actuar de guía de turista para el gringo, pero en realidad yo no conocía bien el centro de Salina Cruz porque desde mi regreso a la región no había tenido tiempo de visitar ese mercado ya que iba y venía a la refinería desde Unión Hidalgo, mi pueblo natal que se localiza a unos 50 kilómetros al sureste de Salina Cruz. Antes de irme de Unión, a los 15 años de edad, no había tenido la oportunidad de visitar Salina Cruz porque en aquella época, aparte de Unión Hidalgo, el único poblado que yo conocía bien era Chicapa de Castro, que queda sólo a varios minutos al sur de Unión y al cual solíamos ir caminando de vez en cuando mi abuelo y yo a visitar unos familiares que él tenía en ese pueblo tranquilo y encantador, como todos los pueblos del Istmo.

De todas formas yo no creía que hubiera algún problema con Howard porque nuestra gente siempre ha mantenido una actitud cordial y respetuosa hacia los extranjeros, así que enfilamos el carro en dirección al centro de la ciudad saboreando de antemano la experiencia de visitar el bullicioso mercado central.

Era ya casi medio día cuando por fin pudimos estacionar el carro entre muchos otros vehículos colocados a la orilla de una de las atestadas calles, a varias cuadras de ese mercado. Desde el momento en que salimos al exterior, sentimos en el rostro el impacto de las ondas de calor que para ese tiempo en Salina Cruz supera los 40 grados centígrados a la sombra, en contraste con el agradable aire acondicionado que traíamos en el carro. Enseguida nos pusimos a caminar hacia el mercado y en cuestión de minutos Howard empezó a sudar a mares y a respirar con dificultad, a pesar de su apariencia física, debido al calor y a la elevada humedad del ambiente por la cercanía de las playas del Pacifico. Aún así, en ese momento Howard no había perdido aún esa sonrisa típica del turista gringo curioso y divertido que anda caminando en un lugar extraño para él.  

Gruesas gotas de sudor le perlaban la fruncida frente mientras avanzábamos hacia el bullicioso mercado de la ciudad, que ya estaba siendo literalmente achicharrada por el implacable sol del medio día. El gringo se detuvo un momento para tomarle algunas fotos y mirar con curiosidad y asombro a la gran cantidad de carpas multicolores de lona, tela y plástico que sin mucho éxito trataban de proteger de los inclementes rayos del sol los innumerables y mal construidos puestos de los comerciantes ambulantes que se apiñaban sobre y a todo lo largo de la acera de la calle que supuestamente serviría para que caminaran los transeúntes, pero que ahora estaba tan llena de tales puestos, vendedores y multitud de compradores, que los peatones tenían que caminar sobre la calle misma, pasando rápidamente entre los autos estacionados a la orilla de la calle y exponiéndose a ser arrollados por los incontables vehículos particulares, taxis y autobuses urbanos, que en medio del estridente ruido de los claxon y los tubos de escape, pasaban con gran estruendo y a toda velocidad dejando tras de sí una estela de humo negro, salpicando a todos con el agua sucia encharcada sobre la calle, mezcla del agua de lluvia de la noche anterior y del agua negra y pestilente que se fugaba del deficiente sistema de drenaje citadino que nunca había funcionado como debía de ser.

Con mucha dificultad fuimos caminando lentamente entre los puestos ambulantes que en su mayoría expendían baratijas traídas de China que la gente compraba por unos cuantos pesos para salir del momento porque los productos sólo duraban unos cuantos días antes de quedar inservibles. Había puestos de ropa, de maletas, de zapatos, de artículos deportivos, de perfumes y de aparatos electrónicos como televisores y computadoras, de esas que solo duran unas cuantas semanas. Por supuesto, los discos compactos y películas expendidas en estos puestos en su mayoría habían llegado allí gracias a la magia de la piratería. El ensordecedor estruendo de la música procedente de las enormes bocinas colocadas en los puestos de discos compactos y DVD se sumaba al bullicio de la calle. Howard solo acertó a sonreír cuando pasamos junto a un pequeño puesto de películas y revistas para adultos donde una joven expendía sin el menor recato sus descriptivos artículos a la vista de todos. No podían faltar los puestos de herramientas y productos de ferretería como martillos, llaves perica, pinzas, cables pasa corriente, enchufes eléctricos y un sinfín de productos que no tenían mucho que ver con las raíces zapotecas que andábamos buscando pero que sí dificultaban en gran medida el paso de los peatones en la acera de la calle.  

La masa de gente se fue haciendo cada vez más compacta. De repente, nuestra lenta y dificultosa marcha hacia el mercado central fue interrumpida por varias mesas y sillas de metal de conocida marca cervecera colocadas frente a un puesto de tacos y tortas donde una señora regordeta y sonriente, de cachetes brillantes e inflados y brazos de luchador de triple A, sudando a más no poder y ataviada con un grasoso delantal que antes era blanco pero que ahora se veía grisáceo, se mantenía cuchillo en mano frente a un anafre de carbón encendido sobre el cual se encontraba un enorme comal metálico redondo y negro en el cual borboteaba un aceite hirviendo que despedía un tenue vapor con el característico olor a carne de res y cebolla frita que hacía que los transeúntes voltearan hacia el puesto al mismo tiempo que se acariciaban el abultado vientre al acordarse de que ya era hora de hincarle el diente a algo sabroso y rico. Sonriendo, la señora se quedó viendo a Howard por un momento y enseguida continuó con sus gritos de:

 ¡Pásele, pásele, güero! ¡Hay tacos, tortas, pásele, pásele!

Sujetando la cámara que le colgaba del cuello, Howard rápidamente le envió un enceguecedor flashazo al tomarle una foto, en la cual por cierto ella salió con los ojos cerrados y la boca abierta.

Además de los típicos tacos y tortas, todos los puestos de comida colocadas en esa acera ofrecían tlayudas, empanadas, panuchos, garnachas, gorditas, flautas, enchiladas, picadas, dobladas, y demás coloridos nombres asignados a una tortilla de maíz, suave, dura o frita, abierta o enrollada sobre sí misma, rellena de carne frita o asada, con papas, frijoles, queso, guacamole, mole, tomate, cebolla, cilantro, salsa picante, y algunos otros aderezos. Sobre una rústica mesa colocada a un lado del comal y entre una nube de moscas, avispas y abejas, que de vez en cuando la señora gordita trataba inútilmente de ahuyentar con un pedazo de matamoscas de plástico amarillo, se podían ver varios contenedores cilíndricos de vidrio transparente rebosantes de agua fresca en la que flotaban unos enormes trozos de hielo. El líquido rojo era de agua de sandia; el café, de tamarindo; el amarillo, de piña; el verde, de limón; el blanco era de horchata de arroz, y el incoloro, en el cual flotaban unos trozos de pulpa blanca por si era necesario convencer a más de un escéptico consumidor, era de agua de coco.

Después de muchos codazos, empujones y apretujones, por fin pudimos ver a media cuadra la entrada del mercado de Salina Cruz. En ese momento noté que Howard, quien desde el primer momento había sido el centro de las miradas de todas las muchachas y señoras, compradoras y vendedoras, estaba completamente bañado en sudor y tenía el rostro totalmente enrojecido por los rayos del sol; en su semblante se reflejaban ya los estragos de la insolación y en su mirada pude percibir una silenciosa súplica de que regresáramos al carro, para terminar con su martirio. Pero eso significaba volver sobre nuestros pasos para recorrer de nuevo las tres cuadras de un casi impenetrable enjambre humano, a menos que quisiéramos arriesgar la vida cruzando a toda velocidad varias calles llenas de baches repletos de agua sucia, toreando los vertiginosos carros cuyos trastornados conductores nunca se paraban para cederle el paso al peatón, para llegar a nuestro auto dando un rodeo pasando por el parque central de la ciudad. Además, no habíamos llegado todavía al interior del mercado, lugar que yo consideraba sería de sumo interés para Howard, así que con la cabeza le hice señas para que siguiera caminando hacia adelante.

Siguiendo mis indicaciones, Howard se adelantó unos metros más hasta llegar junto a la entrada del mercado donde se encontraban algunos puestos ambulantes de pescado y mariscos frescos, varios puestos de pollo, algunos puestos de frutas y verduras, y más allá muchos puestos de totopo, camarón seco, tamales, panes y quesos, quizá los últimos vestigios de las tradiciones zapotecas que yo le había mencionado a Howard, quien para estos momentos ya estaba prácticamente deshidratado y no pensaba más que en salir huyendo de ese lugar donde el calor lo estaba matando.

Por un momento me entretuve preguntándole a gritos a una de las vendedoras de pollo dónde podríamos comprar unas botellas de agua, o unos refrescos de botella, por aquello de que Howard no estaba acostumbrado a tomar agua fresca, cuando me percaté que unos metros adelante varias paisanas vendedoras de totopo comenzaban a rodear a Howard, ofreciéndole al unísono sus productos al grito de:

 ¡Compra totopo güero! ¡Compra totopo manito! ¡Cómprame a mí, malo!

Vi que otras llegaban corriendo y gritando:

¡No! ¡A mí, a mí! ¡Cómprame a mí!

El pobre gringo no entendía ni media palabra ni sabía qué hacer mientras a su alrededor media docena de paisanas le sostenían en alto las bolsas de totopo. De pronto, de entre las vendedoras surgió un muxe, gordo, chimuelo y narizón, con un enorme moño rojo en la hirsuta cabellera y que llegó corriendo desde el fondo de la hilera de carpas, ondulando las caderas y gritando a todo pulmón:

¡Quítense, ofrecidas, yo lo vi primero! ¡Me va a comprar a mí!

Con el impulso que traía, el muxhe no pudo frenar a tiempo su loca carrera y casi atropelló a Howard, quien al querer hacerse para atrás para evitar el abrazo, se tropezó con un famélico perro callejero, que traía el lomo pelado por la despiadada sarna de meses y que se había colocado justo detrás del gringo sin que él lo notara. Eso hizo que Howard trastabillara y cayera hacia atrás, llevándose al muxe, quien terminó quedando encima del atolondrado gringo ante las risotadas de los espectadores.

Enseguida y como pude saqué a Howard del bullicio del mercado y lo llevé de regreso a su hotel, haciendo el trayecto casi en completo silencio. Desde ese momento no volvió a mencionarme nada sobre Antropología y nos dedicamos por entero al trabajo de la refinería hasta que le tocó regresar a su tierra. Aún conservo la foto de la señora de los puestos de tacos que Howard me regaló justo antes de subirse al avión que lo llevaría primero a la ciudad de México… Es un bonito recuerdo.

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Comentario de Tomás López Chiñas el mayo 29, 2012 a las 7:35am

Paisanos, con gusto comparto esta publicación con ustedes esperando sea de su grado. Se trata de una pequeña descripción de estado en que se encuentra el centro de muchas de las ciudades mexicanas, situación propiciada quizá por sus propios gobernantes. Un abrazo y que la estén pasando bien.

Comentario de abimael fiallo romero el mayo 29, 2012 a las 9:52am

Es muy triste la situación en que se encuentra el centro de salina cruz, con ser una cd.  muy bien diseñada, el ambulantaje ha dado al traste con ella, como dices, en el centro ya no hay banquetas pues los "comerciantes" se han adueñado de ellas en connivencia con las autoridades, ¡¡claro!!; y la otra situacion que mencionas, la higiene, uf; yo no me atrevería a llevar a  alguien a conocer  el mercado de salina cruz. un abrazo

Comentario de mariano luis martinez irigoyen el mayo 29, 2012 a las 2:39pm

Interesante relato se agradece , porque no lo plasmas en un libro de aventuras seria bueno conservarlo hasta luego amigo :

Comentario de Juan M. Cruz el mayo 29, 2012 a las 5:33pm

Paisano Tomas muchas gracias por este relato y sin querer pinto usted la situacion actual de muchas ciudades del pais donde por falta de oportunidades, el comercio se ha ido a establecer en las calles.

Pobre Howard quizas debio de insistir en un segundo recorrido para borrarle esa impresion, llevandolo a una vela para que pudiera quitarse la sed con una buena cerveza, saludos.

Comentario de Teodoro Toledo Fuentes el mayo 29, 2012 a las 8:25pm

Paisano Tomás; Sí que tuvo suerte y de la buena tu amigo Howard al visitar el mercado de Salina Cruz y chocarse con un solo Muxhe, porque me imagino que le hubiera ido peor si lo hubieras  llevado al mercado de Juchitán (sic). Saludos..

Comentario de Tomás López Chiñas el mayo 29, 2012 a las 10:58pm

Gracias paisanos por sus comentarios. Mariano: esa misma idea tiene mi hija Mariana López Rosas. Aparte de las aventuras que viví en Mexico (porque yo considero a la vida de esa manera: como una gran aventura que vale la pena vivir a plenitud hasta el último minuto), durante los últimos 6 años y gracias a mi trabajo he podido vivir por tempradas en varios estados de este país y dispongo ya de un cúmulo de experiencias que podrían transformarse un día en un buen manojo de cuentos y lecturas para deleite de los buenos lectores. Desafortunadamente voy a estar desconectado por varios días. Voy a estar unas semanas al sur de Houston, a unas 5 horas de Matamoros, lo mas cerca de Mexico en que he estado trabajando, pero en cuanto regrese estaremos de nuevo en contacto. Un saludo a todos.

Comentario de mariano luis martinez irigoyen el mayo 30, 2012 a las 5:46am

Tu relato me recordó un buen libro que tuve hace mas o menos 40 años y no se me puede olvidar

LA GRAN AVENTURA de pearl book , tienes mas de lo necesario seria bueno intentarlo buen viaje

aventurero de la vida !

Comentario de Tomás López Chiñas el mayo 30, 2012 a las 6:02am

Mariano, llevas el nombre de mi querido e inolvidable abuelo Ta Mariano Gomez Chencha. Antes de salir de la casa decidí echarle un vistazo al blog y alcancé a leer tu último comentario. Te invito a leer mis otras dos publicaciones anteriores que espero disfrutes porque ese es el objetivo de escribirlas: para ser disfrutadas. Gracias por tus palabras, por tus buenos deseos y que estés bien, mi hermano.

Comentario de mariano luis martinez irigoyen el mayo 30, 2012 a las 6:37am

Tomás sera un gusto para mi , Feliciades y buen dia .

Comentario de mariano luis martinez irigoyen el mayo 30, 2012 a las 9:34am

Amigo seria bueno  para quien no tiene forma de conocer lo bueno de la tradicion y costumbres de tu hermosa

tierra , quien como ustedes que tienen el privilegio , te agradesco tu comentario .

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