Estoy buscando mi tema. No lo encuentro y es urgente para que este año no se desborde como el anterior. Mi tema se escapó la noche de navidad, la que acaba de pasar. Fue un ventarrón de felicidad lo que me hizo dejarla de lado y cuando lo busqué ya no estaba. No digo que dejó de interesarme, más bien estaba buscando en vestido más acorde a sus nuevas condiciones de existencia. Estoy buscando mi tema. No lo encuentro y es urgente porque este año me exige que retome cosas que había dejado pendiente. Estoy diciendo que ya lo tenía pero se me fue, no sé dónde se escondió, quizá fui yo quien lo dejó olvidado. Tendría que preguntarle al poeta de mi ciudad cómo hacer para que aquello de mi lado no se separe nunca ¿Con poemas? No, señor, esto es realmente serio, busco mi tema y no puedo concebir la facilidad para que vuelva.

La última vez que nos vimos, recuerdo, estuvimos jugando a las palabras muertas. Él decía que morirse y matarse no era lo mismo, que matarse era pecado, o sea suicidio, y morirse sólo después de haberse matado. Yo no supe replicar y él ganó la primera y las siguientes partidas. También habló del pecado y del pecador, decía que el primero era una infracción por falta a las conductas establecidas, un dogma que establece estándares de actuación social. El pecador, aseguraba, era el que tenía ganas de hacer las cosas malas y además perjudicar a terceros. Yo lo entendí como quien sabe que sus acciones no son las mejores y que además niega que él las hizo: pecado y pecador.

Será que mi tema era muy bueno con las palabras y por eso prefería ese juego. Yo le sugerí las adivinanzas y de inmediato dijo que mejor palabras muertas. Yo le sugerí jugar a la música y sorpresivamente dijo que sí, siempre y cuando fuera del Réquiem final. Nada lo hacía cambiar de opinión, por eso era el mejor tema que podía tener. Pero llego navidad y lo dejé sentado en el sofá y cuando regresé se había marchado, o quizá se lo robaron. Pero quién pudo ser, allí estaba mi hermano, que lejos de hurtarlo lo cuidaría por mí. Además mi tema no necesita que lo cuiden, más bien siempre necesité cuidarme de él, porque en cada oportunidad sacaba su navaja y como auténtico sudaca me apuñalaba. No lo culpo, lo exploté tanto y nunca lo recompensé, nunca le ofrecí descanso. Ya sé, quizá simplemente se escapó para poder descansar de mí.

Mi tema se dejaba acariciar por mis manos, de principio me pedía que escribiera sobre él y evitar los tachones. Yo lo hacía porque estaba comprometido con su ser, además de que mi boca estaba en juego cuando me acompañaba en la oración. Juntos hicimos del discurso de muerte, finalmente mi tema tenía sus preferencias, le gustaba hablar de lo inmaterial, de lo inerte, de lo que no se mueve. Pero yo lo quería para otra cosa, digamos para hablar de inconsciente, de algo que no está en mis manos pero que sucede, no sé cómo sucede pero de pronto ando haciendo y diciendo lo que no era menester. Le pregunté varias veces si inconsciente era muerte. No decía nada y el analista replicaba mi injusticia con las palabras. Mi tema se reía de mí, al menos así aparecía en mis sueños, pesadillas, y me rasguñaba el pecho y me exigía levantarme en plena madrugada para buscar la sintaxis de “muerte”, “inconsciente” y “religión”.

¿Religión? En qué estaba pensando mi tema cuando me coló semejante experiencia humana. ¿Muerte?, claro que sí. Uno se muere diario o al menos ve morir a alguien cada día. ¿Inconsciente?, claro que sí. Uno va al diván y reposa sus esperanzas en las interpretaciones de sus actos pasados. ¿Pero religión? ¿Esa también es una palabra de muerte o de matar? No sé, nada de eso sé. No termino de entenderlo. Mi tema fue caprichoso y durante los últimos meses me llevó a revisar textos, a leer libros, a documentar información, a tolerar a seminaristas que se preguntaban cómo un hijueputa estaría revisando temas tan sagrados. Por la simple razón de que ni yo mismo lo he terminado de entender.

Fue así, desde esa madrugada, que comencé a indagar sobre el tema que no era lo mismo que mi tema. ¿Cómo se estudia la religión, señor de la manta oscura? Nunca hubo respuesta, más bien indiferencia y en mí el llanto de la desesperación. ¿Por qué estudiar algo que no me compete? Si yo soy un simple psicólogo y en mi consultorio tengo la vida resuelta. ¿Por qué este interés en lo que puedo soslayar y escuchar a quien sobre él sabe suficiente? No lo sé, señor cura, no lo sé y me parece que no tengo escapatoria. Será que me interesó lo religioso desde que supe que Freud señaló en repetidas ocasiones que lo religioso no pertenecía a la teoría psicoanalítica. ¿Por qué no? Pienso en algo que es indudable: los mayores malestares humanos parten de la experiencia religiosa, que a pesar de su crisis actual sigue dando tumbos en lo inconsciente. O sea, siempre hay que buscar la culpa si quieres que el que venció regrese y te pida perdón. María Estela Franco, no sé qué hacer con su ensayo, pero le puedo decir que desde que lo leí me sentí defraudado del psicoanálisis, no por sus argumentos, los de usted, más bien porque tiene absoluta razón en cada línea de discurso. Pero piense en la culpa, la que todos cargamos o nos han hecho cargar. Antoine Vergote también tiene razón, si occidente llega, la culpa del padecer no es de un dios, más bien de las circunstancias, pero si occidente no llega, “la interpretación de la patología mental es religiosa”. Si occidente no llega hay culpa por ser diferente a como se tenía que ser.

Mi tema  no sabía que la revisión sería cansada y quizá con muchos yerros. ¿Es válido, acaso, hablar de lo religioso a la vez que se habla de la iglesia? O de La Puta de Babilonia como dice el maestro Fernando Vallejo. ¿Será cierto que la iglesia tiene tantas deudas con tantas personas y que en la primera oportunidad es importante cobrarlas? Yo digo que sí, la diferencia entre los niños que fuimos y los adultos que ahora somos, falta el conocimiento para tratar de golpear el centro de una periferia rocosa, dura, impenetrable. A mí me parece que Vallejo lo hizo, pero sólo él sabría hacerlo de esa manera. Y es que el tema puede ser abordado desde cualquier trinchera: ¿qué tal la literaria? Caín y El evangelio según Jesucristo.     

Quizá esté complaciendo a mi tema que por capricho quiere esto. El caso es que ya dentro de la iglesia descubrí que yo pertenezco a ese lugar, tan sin luz, tan en silencio, tan sacro, tan culpable de mis lamentos nocturnos. No dios, la iglesia y la experiencia de lo religioso. Señor padre, dígame dónde dejo caer tanto odio por usted y a los que tiene a su servicio. No blasfemes contra dios, hijo de puta. No, señor padre, si yo no odio a dios, pues no existe, lo odio a usted pues a lo humano es lo único que puedo odiar. Ah, disculpa, Dante, no sabía eso. Lo comprendo, señor padre.

¿Será, entonces, que soy un hereje? Pero mi hairesis fue la correcta, yo elegí no creer y despotricar, yo elegí a mi tema y mi tema eligió lo religioso para seguir escribiendo. Además, ya sabemos, ¿o no?, que la herejía no tenía un sentido peyorativo sino hasta que el catolicismo se estableció como la única religión para el Estado. ¿Y si yo elegía otra religión en lugar de esa que usted representa, señor padre? No me diga nada, que ya me voy, aquí adentro se me quema la piel.

Entonces mi tema ronda lo religioso, voy con él y nos colamos en las iglesias, discutimos con cretinos y sacerdotes, hablamos en voz alta e interrumpimos el evangelio, reímos a carcajadas y llegamos borracho a misa. No nos importa nada, solamente que alguien nos diga qué podemos hacer nosotros, ¿o yo?, para creer en algo que no he visto, para amar algo que no he tenido, para extrañar algo que no he vivido. No, señor cura, no soy ningún apostata, soy más bien un hijo del demonio que prefiere el camino más seguro antes que la incertidumbre del castigo por cada pecado. No me gusta pagar mis deudas, no me gusta pedir perdón cuando sé que no lo merezco, tampoco cuando lo merezco y sé que no me lo darán.

Ya me voy, señor cura. No he dado con mi tema, se ha extraviado y no sé qué camino seguir para dar con él. Volveré más tarde, cuando las cosas estén en su lugar y no tenga que volverme loco para escaparme de esta realidad. Aquí no está mi tema, está allá, con los más astutos, con aquellos que se retiran al río para rezar y regresan a la ciudad para predicar. Mi tema es dios perdido, el asesinado, mi tema es el psicoanálisis de la soledad, mi tema es la incoherencia humana, también es la simpleza con el que la vida se puede experimentar, mi tema es más de lo que usted piensa o cree saber, mi tema es esa psicología profunda que me he ido aprendiendo, es, por si se duda, el amor como motor de este mundo que poco a poco agoniza y yo estoy siendo testigo de primera fila.  

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