Preludio

No quisiste estar solo así que la buscaste entre el olor del café y bajo las figuras de los árboles al mediodía. Cuando las nubes estaban a ras de piso adelantabas tu mano con la esperanza de sentirla, y en los días en que te encaminabas al monte imaginabas verla, traviesa, vigilando tus pasos. Pero no la conocerías en el cauce del río, su semblante se te aparecería entre otras aguas más turbias, más negras.

I

Saliste una mañana, mientras el frío te preguntaba a dónde ibas. La sierra, con su canto de madrugada, lo anunciaba: tus pasos se encaminaban hacia la gran urbe. Con tan sólo un billete de Sor Juana en el bolsillo, emprendías tu viaje con la mirada encendidita de esperanzas, intentando olvidar por momentos ese dolor testicular que se acumulaba día tras día. La sierra le anunciaba tu éxodo a esa triste mañana, que se acurrucaba entre los vapores matinales, intentando despejarse el frío. Y tú, parado con tu petaquita al lado, imaginabas la ciudad…

El camión se detuvo junto a la vereda. Tus párpados aplastaron lágrimas solitarias, porque nadie más lloró tu partida.

II

Un murmullo desconocido, estridente y atemorizante te hizo conocer el fin del viaje. Bajaste de aquel camión con todos los sentidos contrahechos, sin poder articular una palabra, porque ninguna conocías de aquel idioma. Muchas personas te miraban los dedos negros, negros de tu tierra oaxaqueña, negros por el polvo zapoteca que llevabas arrastrando. Te miraban esos dedos negros que asomaban entre las correas de los huaraches, y otras tantas pasaban empujándote, como si tú no existieras, como si no tuvieras derecho de estar parado ahí, tú tan indígena en medio de la gran ciudad. ‘¿Cómo se te ocurría?’ parecía decir la mirada de una señora enguantada.

Alguien que pasó te tiró el sombrero.

III

Salías de mañana buscando el sustento diario, intentando encontrar algún oficio que te proveyera de lo indispensable. Aprendiste a llorar quedito cuando te daban la espalda, cerrando fuerte los ojos para contener lo más humillante de tu dolor. En el camino de regreso a la central camionera ibas recogiendo trocitos de cartón, algún periódico olvidado, una sonrisa perdida. Necesitabas ayuda para conciliar el sueño entre las butacas de la estación. Ahí, tumbado en un rincón minúsculo para no estorbar, la soñabas; la soñabas llegando en alguno de aquellos grandes camiones, saludándote mientras tú corrías a abrazarla, y el dolor se terminaba.

Efectivamente, Ella llegó una mañana en un camión pero tú ni lo notaste, porque te encontrabas encogido en el suelo de la estación, intentando calmar aquel dolor entre las piernas que cada día se volvía más insoportable. Aún así, tuviste que esperar dos años más para esa cirugía que te removió la mitad de tu virilidad. Y el único consuelo que tuviste fue su imagen. La inventabas y era Ella el narcótico de tu tristeza; entonces pensabas que podrías tener un hogar con dos niños, y Ella a tu lado. Por eso tus ojos se mantuvieron firmes mirando hacia las casas que se amontonaban por las calles y te prometiste que algún día tendrías un hogar.

IV

Y la conociste…la miraste llegar acompañada de su prima un domingo, mientras tú y tu compañero esperaban sentados en la alameda. Era morena, bajita y delgada, muy delgada; su cabello negro era tan largo que lo enredaba en su brazo para no pisarlo; su boca, ancha, aunque pocas veces sonriera. Al saludarla, sus manos recias y largas se permitieron juguetear en tu palma, coquetas, como pocas veces lo hacían. Aquel primer roce te transportó a un mundo lejano; era la primera mano que te tocaba y no te importó lo áspero, la tomaste entre las tuyas y le depositaste un beso cálido y añorante. Fue la primera sonrisa que esbozaste en la ciudad y fue también la primera que ella recibió.

V

Se refugiaron cada uno en los brazos del otro y aprendieron a caminar al unísono, en sintonía; Ella siguiendo tus pasos y tú cuidando los suyos. Formaron un hogar y criaron a dos pequeños con todas las adversidades que la pobreza genera, pero siempre con el ideal de sacar a los niños adelante. Trabajaron y se secaron las lágrimas mientras, al final de cada jornada, recordaban aquella tierra que habían dejado atrás; la recordaban entre las cuatro paredes de cartoncito que constituían su patrimonio. Algunas veces hablaban en zapoteco, aunque en tono muy bajito, para que los niños no lo fueran a aprender. Pero soñaban mucho, soñaban tanto en el porvenir: ‘Jorgito será médico y la niña maestra.’

Pero ni Jorgito fue médico ni la niña maestra, ni el futuro fue más feliz, ni has dejado de sufrir, ni has dejado de llorar; porque hoy estás muriéndote. Porque aquel bulto entre las piernas ha regresado y te está carcomiendo el otro testículo. Porque ese cáncer se expande día tras día y aún así, como en los tiempos de la central camionera, tienes que salir a trabajar, despacito porque te duele, que no te empujen en el camión porque te lastiman, pero tienes que seguir trabajando porque a tus sesentaiún años aún quieres un hogar fuera de tus paredes de cartón.

Hoy te estás muriendo y Ella se va a morir contigo; no sería justo dejarte solo esta vez, cuando los dos han cargado las penas juntando los hombros y apretando las miradas.

Éxodo

No quisiste luchar solo así que la buscaste por todas partes, pero la encontraste en medio de tu éxodo. Ella se te presentó como la esperanza, no de una vida feliz, reservada para los que tienen algo que llevarse a la boca cada día; sino como la ilusión de no volver a buscar una mirada sin encontrarla. Fueron sus ojos los que te dijeron que, desde ese momento, tú mirada tropezaría con el apoyo y el consuelo que tantas veces habías buscado. Te viste reflejado en ese iris y te reconociste en esos espejos minerales.

Hoy te estás muriendo y Ella se va a morir contigo.

Porque bien aprendieron que el amor también significa saber compartir el dolor, porque bien aprendieron que el amor más sublime es aquel que se ofrece como refugio, aquel que te toca, consolador, con su áspera mano y te dice: ‘¿Hijo, te duele mucho, dime dónde te sobo?’

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